Thursday, August 25, 2005

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Este post es simplemente para centralizar los comentarios. Pulsad en el "comment" de este y ya. ¿Bien, amigo Horatio?

posted by Nacho Mirás Fole at 3:44 PM 6 comments

Capítulo I. No, si la idea era buena

Visto el éxito del último episodio doméstico ocurrido en mi casa a la vuelta de vacaciones, y abrumado por el interés que habéis demostrado por saber cómo se resuelve, he pensado en colgarlo también aquí. De este modo, yo me libero de la carga que ha supuesto, vosotros os reís y, por lo menos, todos sacamos partido del culebrón que, sin más dilación, paso a titular:
Manos arriba, esto es una chacha.

Capítulo 1. No, si la idea era buena.
Ya sabéis que acabo de volver de vacaciones. Y también sabéis de sobra que comparto mi vida con dos gatos: Flor, una linda gatita tricolor a la que quiero más que a algunas personas; y Carmiña, un ejemplar de casi nueve kilos que, a pesar de ser niño, tiene nombre femenino por un motivo que os contaré otro día. Flor es ternura y estilo; Carmiña es la inteligencia de un humano en el cuerpo de un león marino, agradecido, cariñoso y barrigón, un tipo único. El caso es que se me ocurrió que podría contratar a alguien para que a Carmiña y a Flor no les faltase de nada durante la ausencia vacacional. Pensamos en una experta limpiadora, de confianza, una de esas señoras con siete manos que cambian el polvo por brillo y que te dejan la casa como cuando vivías con mamá, aunque mamá no cobrase. Y nos pusimos manos a la obra.
Nos costó dar con alguien dispuesto: mes de julio, piso en las afueras, gatos, limpieza... muchos factores que conjugar. Por fin, a punto de emprender el viaje y con el tiempo justo, se nos encendió la luz de pedir socorro y buscar a una profesional en casa de otra profesional. Y fue así como entramos en la mercería de abajo reclamando ayuda.
Las mercerías son magníficos centros de información, como las tiendas de ultramarinos, las carnicerías y los bares.
-"Queréis alguien de confianza..."
-"Exactamente.."
-"Para limpiar durante el mes de julio y tener cuenta de los gatos..."
-"Eso es".
-"Creo que tengo la solución. Anota este teléfono".
Y fue así como conseguimos la combinación de cifras que nos conectaría directamente con Elena, la protagonista de esta estupidez doméstica que, aún siendo estupidez, me ha puesto nervioso a mí y, por lo visto, a los que insistís en preguntar: "Qué, ¿cómo acabó el cuento?"
Elena no es su verdadero nombre, aunque empiece y acabe igual. Pero prefiero rebautizar a nuestra niñera gatuna para no empeorar las cosas, lo que no impide que, si el asunto termina mal, coloque aquí no sólo su nombre, sino su foto, de frente y de perfil.
Llamé a Elena sin perder un momento y concerté una cita. No hubo que esperar mucho para que apareciese en mi piso, ágil y espabilada, una mujer que podría ser la madre de cualquiera, la mía mismo, si no fuera porque mi madre nunca protagonizaría un episodio tan lamentable como el que vendría a continuación.
Le enseñé a Elena el piso y le presenté a los gatos:
-La pequeña, de tres colores, es Flor. El gatopótamo, Carmiña. ¿Se entiende con los gatos?
-Yo tengo gatos.
-Pefecto. Se trata de, durante todo el mes, venir a casa, darles de comer, limpiar la arena y limpiar la casa. Están con la muda y echan mucho pelo, por eso la llamamos a usted. Otros años se lo encargábamos a un amigo, pero esta vez son dos gatos y dan demasiado trabajo. ¿Cómo lo ve? Si cree que no debe limpiar gatos ajenos, si le parece mal, ningún problema, lo dejamos...
Elena me miró por detrás de las gafas, frunció el ceño y siguió atendiendo mis instrucciones. Me pidió que le mostrara dónde guardaba la aspiradora, los útiles de limpieza, la fregona, la arena, la comida de los dos... Todo muy rápido, es verdad. Le dije que, después de las vacaciones, estaríamos interesados en alguien que viniese a limpiar todo el año, un par de días a la semana
Finalizada la exposición de motivos, me respondió:
-Vamos a hablar claro. Yo cobro siete euros la hora de limpieza. Pero, por venir a cuidar los gatos, que son un capricho, te voy a cobrar doscientos euros por todo el mes. Ya tengo muchas casas y no creo que pueda venir el resto del año, pero te buscaría a alguien. Si te parece bien...
Lo de los doscientos euros me descolocó. Me dio la impresión de que estaba a punto de contratarles unas clases particulares de piano a Carmiña y a Flor. Elena, a esas alturas, ya se había dado cuenta de la prisa que me corría encontrar a alguien, y supo sacar partido de la urgencia.
-Doscientos euros, repetí...
-Doscientos, por venir un día sí, un día no y a recoger la casa.
Volví a meditar. Y, pillado por las pelotas del tiempo, acepté:
-De acuerdo, doscientos euros. Comida, limpieza de piedras y limpieza de casa. Me gustaría encontrar todo perfecto cuando regresemos. No hace falta que friegue el cuarto de baño más que una vez, nadie lo va a usar este mes. Es posible que pase algún amigo por casa, pero no creo que vayan a bañarse.
-"Pues quedamos así", me djio a la vez que se guardaba las llaves que le acababa de poner en la mano y las unía a un inmenso llavero repleto de accesos a las vidas y a las casas de Dios sabe cuántos pagadores.
La despedí y respiré alividado, aunque pensé: "¿Un capricho los gatos? ¡Hay que joderse!". Pero bueno, por lo menos, había conseguido en el último momento encontrar a alguien de confianza que pondría orden en mis gatos y en mi casa durante un mes, eso sí, a precio de camarón. Aunque, echando cuentas, serían doscientos euros bien empleados por llegar de un largo viaje y encontrar todo en su sitio, mejor incluso de lo que había quedado. Iluso de mi, no sabía qué equivocado estaba.
Acabo aquí el capítulo primero de una historia que todavía no ha concluido. En el segundo tengo intención de contar la llamada que le hice a Elena en la última semana del viaje, avisándole del regreso inminente y dándole pie a que dejase el piso como los chorros del oro. Para el tercero me guardo el retorno y la sorpresa que nos esperaba; para el cuarto, la conversación telefónica de ayer; y para el quinto el desenlace que todavía está por ocurrirr. Pero sólo continuaré este culebrón basado en hechos reales si participáis. Y, para eso, aquí debajo, donde pone "comments", deberéis picar y poner un comentario que diga que os interesa el asunto; de otro modo, desistiré y cambiaré de tema. Pero no diréis que no es tentador: unas vacaciones, dos gatos, una chacha desconocida, un engaño... y mucho me temo que una subcontrata, una maniobra de tres pares de cojones y una dura negociación final que incluye interrogatorio, escena de poli bueno-poli malo digna de la mejor comisaría y un desenlace que ni yo mismo sé aún cómo va a ser. Sólo un anticipo: la experencia de contratar una niñera de gatos no ha podido resultar peor. ¿Queréis más? Pues poned vuestro comentario y, si puede ser, que no sea anónimo. Besos.

posted by Nacho Mirás Fole at 9:01 AM 4 comments

Wednesday, August 24, 2005

Capítulo II. Iluso de mí

El viaje a Italia iba viento en popa, como podréis comprobar enseguida, cuando cuelgue las treinta páginas de crónicas para masoquistas que he ido mecanografiando durante veintitantos días. En la caravana se me dio por colocar dos fotografías de los hijos que nunca he tenido, emulando las casas rodantes de alemanes y holandeses que he visto por toda Europa. Como los caravanautas suelen ser jubilados, llevan las paredes llenas de hijos, de nietos, de gatos y de perros. Pero viajan solos, algo que me parece muy inteligente. Evidentemente, coloqué dos retratos felinos: Flor y Carmiña. La verdad es que siempre me acuerdo mucho de mis gatos, más incluso que de algunas personas. No sé si será muy sana esta relación hombre-gato-gatopótamo, pero la verdad es que los echo de menos y hay tipos de los que ni me acuerdo. Durante el viaje fantaseé varias veces con cómo les iría en Santiago, a miles de kilómetros. Me imaginaba a Elena llegando por las mañanas, día sí, día no, haciéndoles carantoñas a los dos y dejando la casa impoluta y aséptica como un quirófano; olor a lejía en las cañerías, a Don Limpio en los suelos y a un limpiador Auchan muy barato y muy bueno que suelo dejar correr a chorro por la taza del water. Home, sweet home.
Me imaginaba incluso que, como a Elena le sobraría tiempo, sabría ganarse los doscientos euros pactados ordenándome los armarios, colocando meticulosamente los calzoncillos por colores o incluso, quién sabe, planchando algunas de las doscientas camisetas promocionales de la Xunta de Galicia que guardo en cajones y cestos. Qué bonito: el hogar radiante, Carmiña feliz y alimentado, Flor tranquila y entretenida, Elena al frente del hogar, tararí, tararí, chimpón.
Fueron pasando los días y las ciudades. El coche convertía gasóleo en kilómetros, los kilómetros se volvían recuerdos y los recuerdos no se volvían nada. Porque, que se sepa, los recuerdos sólo pueden desaparecer o confundirse, y eso sólo ocurre en la locura o al final de la vida, y no es el caso. Finalmente, después de mucha ruta, llegamos a Pamplona para descansar la última semana. Y entonces, sin pensármelo más, decidí llamar por teléfono a Elena y hacerle la pregunta que tanto me había hecho en las últimas semanas:
-Buenos días, Elena, soy yo, el de los gatos. ¿Cómo va todo?
-"Ah, sí.. ¡muy bien!" -respondió- Flor, por fin, se me acercó esta última semana. Hasta ahora me escapaba". Y añadió lacónica: "Que sepa que se ha acabado el pienso, que he tenido que comprar otro saco. Y que no están descompuestos ni nada".
¿Descompuestos?, pensé. Ya me imaginaba que los dos peludos no estarían cagándose por el pasillo. ¿Descompuestos dice? Mmmmm, qué mosqueo ¿Y por qué iban a estar descompuestos? ¿A qué viene mencionar la descomposición sin haber preguntado nada al respecto? ¿El que se ha tirado el pedo siempre es primero que lo huele?, seguí barrenando. Pero no le dí más importancia, que sé que tengo tendencia, por deformación profesional, a buscar lechugas donde sólo nacen coles.
-Lo del pienso no se preocupe. Anótelo por alguna parte y a la vuelta se lo pagaré.
-Tranquilo, disfrute del viaje.
-Ah, por cierto -añadí- llegamos el sábado, que el lunes tenemos que volver a trabajar
-¿El sábado? -respondió- Perfecto. Pues ya hablamos cuando llegue. Adiós.
Lo del anuncio de la llegada lo hice con doble finalidad: por un lado, avisar a Elena de que estuviese tranquila, que se acababa su cometido como niñera de un gato y un gatopótamo; por otro, carcomido por alguna extraña inquietud interior, para darle la oportunidad de corregir, reparar y lustrar cualquier cosa que hubiese podido dejar a medias, bien por haberse relajado en la limpieza (cuando el gato no está, bailan los ratones), bien por no haberle dedicado el tiempo suficiente... En fin, que me djie a mí mismo: Ojos que no ven, corazón que no siente; con llegar a casa el sábado y encontrar todo en su sitio, según lo convenido, me doy con un canto en los dientes; me da igual lo que haya hecho el resto del mes.
Cuando nos despedimos, no era consciente yo de qué manera acababa de predicar en el desierto a través de las ondas telefónica

posted by Nacho Mirás Fole at 9:04 AM 0 comments

Tuesday, August 23, 2005

Capítulo III. La Ley de Murphy

La Ley de Murphy dice que todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Un clarividente, el tal Murphy.
El descanso navarro tocó fin y de nuevo, lo mismo que habíamos llegado, partimos con la casa a cuestas dispuestos a capear con moral los 758 kilómetros exactos que separan Pamplona de Cacheiras. Fue un viaje tranquilo, sin apenas tráfico, sin incidencias y que completamos en cómodos turnos de dos horas al volante. Por fin, a eso de las seis y media de la tarde, divisamos el cartel que marcaba la meta del día y de las vacaciones: "Concello de Teo. Conduzan Amodiño. Graciñas".
Me salto los detalles sobre la maniobra de estacionado de la caravana y su posterior descarga, tarea engorrosa donde las haya. Por fin había llegado la hora, después de un mes, de volverles a ver las caras a esos dos hijos peludos. No sé si sabéis que los gatos tienen reacciones e incluso cuadros psicológicos muy semejantes a los humanos; te guardan rencor, necesitan mimos, se enfadan, necesitan estar solos...
Al abrir la puerta de casa, tanto Flor como Carmiña salieron pitando a recibirnos. No llegan a la efusividad de la Negri, una perra que tuvieron mis padres y que se meaba de contenta cada vez que volvíamos de alguna parte, pero quedó claro que se alegraban mucho.
A nosotros, la felicidad de la vuelta nos duró lo justo. Porque enseguida nos dimos cuenta de que la casa en la que acabábamos de aterrizar, mi casa, estaba muy lejos de ser aquel lugar impoluto con el que tanto había fantaseado, lustroso, aseado, con brillo y sin polvo, perfumado por una tenue brisa de lejía.
Los pelos volaban por toda la casa. Los gatos arrastraban entre sus ocho patas un desagradable combinado de polvo, pelos, mierda y granos de arena absorvente. Lejos de oler a lejía, un tortazo a abandono nos devolvió a la realidad de repente e hizo que nos olvidásemos al momento de las ruinas de Roma, de los olivos del Lago di Garda y de los aviones que despegaban sólo una semana antes desde el aeropuerto internacional Marco Polo de Venecia.
Preocupados por la escena, dejamos las maletas en la puerta y procedimos a realizar la inspección ocular que antecede a todo proceso policial, procurando no tocar nada y, sobre todo, no borrar las huellas de un delito que se hacía evidente.
Un desastre; la funda nórdica de la cama apareció completamente arrugada, cubierta por una espesa niebla de pelos de gato: un mes de pelo acumulado sobre el tálamo, lo que hacía de mi cama la madriguera de un oso en la que, si acaso, hibernar; la cocina era terrible: pelo, polvo, más pelo y más polvo por todas partes, varias capas de pelo, tanto pelo que incluso pude escribir con el dedo sobre la opaca placa vitrocerámica la palabra: "Mierda".
La manta que cubre el sofá era un gurruño: todo descolocado, polvo, pelo, más polvo, más pelo...
Según iba comprobando la situación lamentable en la que se encontraba mi casa y dándome cuenta del estado de abandono en el que habían vivido durante un mes Flor y Carmiña, la mala hostia se me fue subiendo a la cabeza como un vaso de tubo de licor café. Se me dilató alguna vena en la cabeza y me empezó a latir la sien izquierda. Y exploté. Cansado del viaje y decepcionado por el regreso, empecé a maldecir en alto.
La arena de los gatos, espesa y contaminada, reflejaba claramente que el compromiso de limpieza, un día sí, un día no, había sido simplemente un engaño. No os podéis ni imaginar el pelo y la suciedad que generan dos gatos en plena muda durante un mes; ni yo mismo lo sabía.
-¿Cómo vamos a pagar doscientos euros por esto? ¡Es una estafa! Me cago en...
-Ni de broma, esto no se paga
-Ya, pero ahora habrá que enfrentarse a Elena, y es lo último que me esperaba después de un mes de vacaciones.
-Pues esto no puede ser, de ninguna manera; nos han tomado el pelo.
Sólo nos salían expresiones que llevasen incurstada la palabra "pelo". Tomadura de pelo, ¡porque yo o tengo pelos en la lengua! Es que esta negociación fue un asunto cogido por los pelos... No, no, yo no tengo un pelo de tonto... ¿Hay pelos? ¡No hay pelas!
El nivel de cabreo creció tanto que el resto del día fue un desastre. Grité, maldije, exploté y no tuve más remedio que dedicar las primeras horas de la vuelta a tratar de descubrir mi casa debajo de un interminable manto de mierda. A pelo. Tanto se me subió la mala hostia que acabamos discutiendo, aunque tuvimos la suficiente cordura para tomar aire, contar hasta diez y no permitir que el accidentado regreso echase por tierra un mes maravilloso.
Salió entonces el detective que llevo dentro. Mientras arrancaba pelos de todas partes, se me ocurrió abrir la aspiradora. Efectivamente, la bolsa, limpia e impoluta como la había dejado. Sobre la mesa habían quedado todo tipo de productos de limpieza a la vista, bayetas, sprays, lejías... de todo. Tal cual los habíamos comprado, tal cual estaban.
"¿Pero qué cojones ha hecho esta mujer durante un mes? -me preguntaba- ¡Si la llamé hace unos días y me dijo que todo estaba perfecto!
Limpiamos lo más gordo y dedicidimos tomar el aire cenando con unos amigos, que fueron los primeros en enterarse de lo ocurrido. "No le paguéis, de ninguna manera", insistieron. Os han tomado el pelo.
Según se me fue desinflando la vena, asumí que tendría que llamar a Elena, pedirle explicaciones y, según lo acordado, negarme a pagar doscientos euros por no haber hecho nada. O casi nada, porque daba la impresión de que los gatos no habían pasado hambre. Pero por la montaña de comida que había cuando llegamos, me hice cargo perfectamente de que las visitas prometidas, un día sí, un día no, no habían pasado, como mucho, de dos a la semana.
Pasó el día, pero no la romería. El domingo por la mañana lo dedicamos, como no estaba previsto, a reparar el daño, a pasar el paño y a fregar el baño. Me levanté a las ocho de la mañana y, hasta las doce, nos esforzamos en limparlo todo, incluidos los gatos que esparcían por toda la casa la suciedad que se enredaba en sus patas. Menudo trabajo. Un calor de mil pares, el cansancio de un mes de viaje y ahora esto. No hay derecho.
La labor frenética ayudó a que se me bajasen los humos, pero a ella le ocurrió lo contrario. Me insistió en que nada de pagar 200 euros, y que en mi mano estaba negociar el pago lo mismo que había negociado el trabajo. Ahora ya no sólo teníamos un problema doméstico, sino una crisis en toda regla.
Por fin, tragué saliva y llamé a Elena por teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos... Nadie cogió. Era un teléfono móvil, tendría que contestar alguien. Un tono, dos tonos, tres tonos... nada.
La mente policial volvió a trabajar: "Ya. Lo que pasa es que esta tía tenía pensado venir a limpira el último día, ayer y, por alguna razón, no pudo. Sabe que nos hemos encontrado la casa hecha una mierda y no coge porque necesita tiempo para inventarse una excusa". O lo que es peor: "Esta tía se ha visto el pastel, ha decidido subcontratar la faena y la han vendido. Sabe Dios quién ha estado en mi casa y quién tiene mis llaves. ¿Habrán fornicado sobre mi cama? No creo, con tantos pelos... claro que hay gente para todo..." Sólo Flor y Carmiña podrían contar qué ocurrió realmente, pero lo malo es que, precisamente, como decimos en Galicia, "só lles falta falar".
Creo que no iba muy desencaminado.
Con mucho esfuerzo, dejamos la casa habitable y nos marchamos a Vigo, a celebrar mis 34 años con la familia y a beber para olvidar. Ya os podéis imaginar que el desastre doméstico ocupó buena parte de la tertulia. "No le pagues, no le pagues", me repetían todos.
Volvimos a Cacheiras a buena hora, para continuar limpiando hasta que cayó la noche. De verdad, no os hacéis una idea de la mierda que puede acumular una casa con dos gatos en plena muda durante un mes.
Rendidos, nos acostamos, preparándonos para la vuelta al trabajo del día siguiente.
Pasaban de las doce de la noche cuando sonó el teléfono:
-¿Nacho? Soy Elena.
-¡Elena! por fin, menudas horas.
-Tengo una llamada perdida tuya
-Evidentemente, ya se imaginará por qué.
-¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿No esán bien los gatos?
"Menudo cinismo", me dije. Aún por encima, con cachondeo.
-¿Pero cómo bien, Elena? La casa está hecha un desastre, todo sucio, lleno de pelos, llevamos dos días limpiando, por favor, ¿no se da cuenta?
-¿Sucia? Es que a mí nadie me dijo que tenía que limpiar.
-¡¡¡¡¿¿¿Quééééé??!!!!! ¿¿¿Qué me está diciendo????
-Tú me dijiste que me ocupara de los gatos
-¡Pero vamos a ver! ¡Qué me está diciendo! Usted está de broma... Yo llamé a una señora de la limpieza que tenía que ocuparse, a mayores, de los gatos. Por eso los siete euros por hora que cobra por limpiar los cerramos en doscientos euros por todo el mes. ¿O me toma el pelo?
Me fui alterando cada vez más.
"No te alteres, no te alteres. Tú no me dijiste nada de limpiar", insistió.
No me lo podía creer. Aunque me había levantado de la cama para seguir hablando en el salón y no despertar a quien tenía que levantarse a las cinco, los esfuerzos fueron inútiles. Y la conversación se convirtió en una durísima discusión a tres bandas; Elena y yo al teléfono, ella por detrás, gritando amenazas del tipo: "Pásamela a mí, que se va a enterar" "¡No va a cobrar nada!"
Vaya por delante que, durante la tarde, habíamos decidido que si la inevitable conversación con Elena se ponía difícil, haríamos la escena del poli bueno, poli malo. Y así fue.
-Elena, ya está oyendo cómo está el tema.
-¡Pásamela a mí, que se va a enterar! ¡No hay derecho!
-Ya oye, Elena, yo no quiero asustarla, pero la cosa aquí está que arde...
-Bueno, bueno, a mí nadie me dijo nada de limpiar.
-¡Por favor, no insista! ¡Esto no es lo que habíamos hablado!
-¡Pásamela a mí, que ya está bien, hombre, qué tomadura de pelo es esta!
-Mire, Elena, aquí detrás dicen de no pagarle un duro. Usted no ha cumplido, nos ha arruinado la vuelta de vacaciones, nos hemos pasado dos días limpiando y, además, tenemos una discusión doméstica de mil pares.
-Pues... pues.... no sé...
Se puso realmente nerviosa y se quedó sin palabras. Nos habíamos asegurado de que escuchase bien la bronca, y ¡coño si la escuchó!
-Mejor... mejor... hablamos con más calma otro día
-Será mejor, Elena. Yo no creo que no tengamos que pagarle nada (poli bueno), pero tendrá que entender que esto no es lo que esperábamos...
-Ya... bueno... hablamos mañana. No discutan por mi culpa.
Colgamos y así se quedó el asunto. Tanto nos habíamos metido en el papel que, ya sin teléfono, matuvimos hasta las tantas la discusión y los argumentos que habíamos manejado en la bronca telefónica. Por fin, liberados de la tensión, pudimos dormir. (Continúa al último capítulo: el desenlace final)

posted by Nacho Mirás Fole at 9:06 AM 0 comments

Monday, August 22, 2005

Capítulo IV. El desenlace

Tenéis que perdonar, pero esto de la novela por entregas requiere una constancia que no siempre está en la mano de uno. En el último capítulo, después de una desagradable conversación telefónica recriminándole a Elena lo que había hecho (o, mejor no había) en mi casa y con mis gatos, quedamos de vernos al día siguiente para arreglar lo del dinero y, si acaso, hablar del asunto.
Por la mañana, más tranquilo, de nuevo tuve que volver a pasar el mal trago de llamar a aquella mujer para, de una vez, finiquitarla y olvidarla. Yo no sirvo para estas cosas. Haciendo de tripas corazón, marqué.
En un tono más relajado, quedamos de vernos esa misma tarde. Ella vendría a mi casa y se acabaría el asunto. Iluso de mí. De nada me sirvieron los ejercicios mentales que hice durante todo el día, el entrenamiento para la lucha dialéctica que se avecinaba. Después de varias horas, y cuando se suponía que la tal Elena debía presentarse en mi casa, no lo hizo. Esto ya estaba pasando de castaño a oscuro.
Hice tiempo, me toqué las narices, me rasqué la barriga... Por fin, media hora después de lo acordado, sonó el teléfono. Era ella.
-Tienes que perdonar.
-¿Pero no habíamos quedado aquí?
-Sí, pero es que... (dudas) es que... (más dudas) es que cuando estaba llegando a tu casa ¡me di cuenta de que no traía encima las llaves! Mira tú...
Fue en ese momento cuando se confirmaron mis temores: la labor de limpieza de gatos había sido asquerosamente subcontratada y, por algún motivo, quien se encargó de la faena (es un decir) no le había devuelto las llaves a Elena.
Ella intentó disfrazarlo:
-Es que no las llevo encima porque siempre las dejo en casa, no me gusta tenerlas en el coche por si me las roban (tururú)
"Muy bien", dije. No te preocupes que yo me voy ahora mismo a tu casa y arreglamos.
-¡No, eso no! (te pillé) Es que ahora es tarde... es que tengo a mi nuera de parto y tendría que ir al hospital... mejor quedamos el jueves.
-¡¡¡¡¿El jueves??!!! ¡¡¡Pero si hoy es lunes!!!
-Ya, tú no te preocupes, el jueves es mejor. Y colgó.
¿Qué hace uno llegado este punto? Yo decidí pasar. Y me prometí que si el jueves tampoco aparecía, borraría su teléfono de la agenda, cambiaría el bombillo de la cerradura con los cien euros que tenía pensado pagarle y a otra cosa.
Durante toda la semana tuve que mantener en la cabeza la cita del jueves. Le di vueltas y más vueltas. Está tía se está quedando conmigo... ¿Cómo se lo habrá montado? ¿Quién habrá estado realmente en mi casa? Si Flor y Carmiña hablasen...
Por fin, y voy acabando, llegó el jueves. Y otra vez sonó el teléfono y otra vez fue Elena. Ahora prometía presentarse en media hora, con las dichosas llaves, para cobrar.
Los treinta minutos fueron bastante exactos. Decidí esperarla en la calle, por si la cosa se ponía tensa; no me apetecía meterla en la casa que había mangoneado a su antojo, la mía.
Mientras hacía tiempo observando los desastres urbanísticos de Cacheiras, por fin, después de un mes y una semana, divisé al fondo su silueta.
Se acercó apresurada y me saludó cordial. Le contesté. Entonces, decidí que lo de arreglar en la calle no estaba bien y le pedí que subiese.
Así como abrí la puerta y entramos, Flor desapareció y no quiso saber nada. No hizo así Carmiña, que se mostró muy interesado por Elena. Y yo creo que fue más porque Carmiña es un gato que no le tiene miedo ni a nada ni a nadie que por volver a ver a una vieja amiga.
Respiré hondo y me decidí a echarle cojones.
-Vamos a ver, Elena...
No me dejó terminar. Antes de que pudiera decir la quinta palabra, me cortó:
-Espera. Antes de nada quiero decirte que no te voy a cobrar los doscientos euros
(Yo eso ya lo tenía claro, pero no me esperaba semejante gesto de generosidad).
-Como aquí ha habido un problema de entendimiento, ni para ti ni para mi: te voy a cobrar cien euros.
Yo me había planteado negociar. Tenía pensado jugar de nuevo el papel de poli bueno y decirle que habíamos decidido pagarle sólo cincuenta, después del cabreo y de todo lo ocurrido. Tenía ganas de ponérselo duro para ver si acababa cantando. Eso sí, estaba dispuesto -y los tenía preparados- a llegar a los cien euros, que tampoco es uno una rata de alcantarilla.
Pero la vi tan convencida, tan con el rabo entre las piernas y con tantas ganas de ponerle fin a esta extraña relación laboral, que le tomé la palabra:
-Muy bien, me parece correcto. Mejor dejarlo así y punto.
Le pagué y me dio las llaves. Decidí no darle más conversación de la necesaria, preferí no investigar para sacarle una verdad que se había confirmado sola. Y pensé que ya le había dedicado bastante tiempo a este episodio doméstico.
-Pues nada, hasta otra (irónico que es uno)
-Pues quedamos así. Siento que hubiera un malentendido. Pero yo tengo fama de cumplidora, puedes preguntarle a la señora de la Mercería.
Ya, la misma que me la había recomendado. No quise seguir escuchando. La acompañé a la puerta y, así como cerré, me liberé de este ladrillo doméstico de cincuenta kilos que me había tocado cargar durante una semana. En el cuerpo me quedó una sensación de alivio tal que creo que todavía me dura.
Después de eso, nadie más que yo ha vuelto a limpiar en mi casa. Lo hago cuando puedo, un par de veces a la semana. Sigo dispuesto a encontra a alguien en quien pueda confiar, aunque he quedado escarmentado. Y ya sólo me acuerdo de la tomadura de pelo de la que fui víctima cuando reparo en dos detalles que me siguen inquietando: una bombilla en la lámpara de mi cuarto que yo nunca coloqué; y una extraña boquilla vieja, rota y usada en mi aspiradora nueva y recién comprada, una aspiradora cuyo interior había permanecido hambriento durante un mes. Sí, estoy convencido de que también fui víctima de un cambiazo, pero ya me da lo mismo. También sé, como los osos del cuento, que alguien ha dormido en mi cama. Sólo espero que la experiencia le haya sido gozosa y que haya sabido sacarle provecho. La verdad sólo la saben los gatos; pero todavía no sé maullar. Ya lo decía Gracita Morales: "¡¡¡Cómo está el servicio!!!". FIN

posted by Nacho Mirás Fole at 9:06 AM 0 comments

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