Capítulo II. Iluso de mí
El viaje a Italia iba viento en popa, como podréis comprobar enseguida, cuando cuelgue las treinta páginas de crónicas para masoquistas que he ido mecanografiando durante veintitantos días. En la caravana se me dio por colocar dos fotografías de los hijos que nunca he tenido, emulando las casas rodantes de alemanes y holandeses que he visto por toda Europa. Como los caravanautas suelen ser jubilados, llevan las paredes llenas de hijos, de nietos, de gatos y de perros. Pero viajan solos, algo que me parece muy inteligente. Evidentemente, coloqué dos retratos felinos: Flor y Carmiña. La verdad es que siempre me acuerdo mucho de mis gatos, más incluso que de algunas personas. No sé si será muy sana esta relación hombre-gato-gatopótamo, pero la verdad es que los echo de menos y hay tipos de los que ni me acuerdo. Durante el viaje fantaseé varias veces con cómo les iría en Santiago, a miles de kilómetros. Me imaginaba a Elena llegando por las mañanas, día sí, día no, haciéndoles carantoñas a los dos y dejando la casa impoluta y aséptica como un quirófano; olor a lejía en las cañerías, a Don Limpio en los suelos y a un limpiador Auchan muy barato y muy bueno que suelo dejar correr a chorro por la taza del water. Home, sweet home.
Me imaginaba incluso que, como a Elena le sobraría tiempo, sabría ganarse los doscientos euros pactados ordenándome los armarios, colocando meticulosamente los calzoncillos por colores o incluso, quién sabe, planchando algunas de las doscientas camisetas promocionales de la Xunta de Galicia que guardo en cajones y cestos. Qué bonito: el hogar radiante, Carmiña feliz y alimentado, Flor tranquila y entretenida, Elena al frente del hogar, tararí, tararí, chimpón.
Fueron pasando los días y las ciudades. El coche convertía gasóleo en kilómetros, los kilómetros se volvían recuerdos y los recuerdos no se volvían nada. Porque, que se sepa, los recuerdos sólo pueden desaparecer o confundirse, y eso sólo ocurre en la locura o al final de la vida, y no es el caso. Finalmente, después de mucha ruta, llegamos a Pamplona para descansar la última semana. Y entonces, sin pensármelo más, decidí llamar por teléfono a Elena y hacerle la pregunta que tanto me había hecho en las últimas semanas:
-Buenos días, Elena, soy yo, el de los gatos. ¿Cómo va todo?
-"Ah, sí.. ¡muy bien!" -respondió- Flor, por fin, se me acercó esta última semana. Hasta ahora me escapaba". Y añadió lacónica: "Que sepa que se ha acabado el pienso, que he tenido que comprar otro saco. Y que no están descompuestos ni nada".
¿Descompuestos?, pensé. Ya me imaginaba que los dos peludos no estarían cagándose por el pasillo. ¿Descompuestos dice? Mmmmm, qué mosqueo ¿Y por qué iban a estar descompuestos? ¿A qué viene mencionar la descomposición sin haber preguntado nada al respecto? ¿El que se ha tirado el pedo siempre es primero que lo huele?, seguí barrenando. Pero no le dí más importancia, que sé que tengo tendencia, por deformación profesional, a buscar lechugas donde sólo nacen coles.
-Lo del pienso no se preocupe. Anótelo por alguna parte y a la vuelta se lo pagaré.
-Tranquilo, disfrute del viaje.
-Ah, por cierto -añadí- llegamos el sábado, que el lunes tenemos que volver a trabajar
-¿El sábado? -respondió- Perfecto. Pues ya hablamos cuando llegue. Adiós.
Lo del anuncio de la llegada lo hice con doble finalidad: por un lado, avisar a Elena de que estuviese tranquila, que se acababa su cometido como niñera de un gato y un gatopótamo; por otro, carcomido por alguna extraña inquietud interior, para darle la oportunidad de corregir, reparar y lustrar cualquier cosa que hubiese podido dejar a medias, bien por haberse relajado en la limpieza (cuando el gato no está, bailan los ratones), bien por no haberle dedicado el tiempo suficiente... En fin, que me djie a mí mismo: Ojos que no ven, corazón que no siente; con llegar a casa el sábado y encontrar todo en su sitio, según lo convenido, me doy con un canto en los dientes; me da igual lo que haya hecho el resto del mes.
Cuando nos despedimos, no era consciente yo de qué manera acababa de predicar en el desierto a través de las ondas telefónica
Me imaginaba incluso que, como a Elena le sobraría tiempo, sabría ganarse los doscientos euros pactados ordenándome los armarios, colocando meticulosamente los calzoncillos por colores o incluso, quién sabe, planchando algunas de las doscientas camisetas promocionales de la Xunta de Galicia que guardo en cajones y cestos. Qué bonito: el hogar radiante, Carmiña feliz y alimentado, Flor tranquila y entretenida, Elena al frente del hogar, tararí, tararí, chimpón.
Fueron pasando los días y las ciudades. El coche convertía gasóleo en kilómetros, los kilómetros se volvían recuerdos y los recuerdos no se volvían nada. Porque, que se sepa, los recuerdos sólo pueden desaparecer o confundirse, y eso sólo ocurre en la locura o al final de la vida, y no es el caso. Finalmente, después de mucha ruta, llegamos a Pamplona para descansar la última semana. Y entonces, sin pensármelo más, decidí llamar por teléfono a Elena y hacerle la pregunta que tanto me había hecho en las últimas semanas:
-Buenos días, Elena, soy yo, el de los gatos. ¿Cómo va todo?
-"Ah, sí.. ¡muy bien!" -respondió- Flor, por fin, se me acercó esta última semana. Hasta ahora me escapaba". Y añadió lacónica: "Que sepa que se ha acabado el pienso, que he tenido que comprar otro saco. Y que no están descompuestos ni nada".
¿Descompuestos?, pensé. Ya me imaginaba que los dos peludos no estarían cagándose por el pasillo. ¿Descompuestos dice? Mmmmm, qué mosqueo ¿Y por qué iban a estar descompuestos? ¿A qué viene mencionar la descomposición sin haber preguntado nada al respecto? ¿El que se ha tirado el pedo siempre es primero que lo huele?, seguí barrenando. Pero no le dí más importancia, que sé que tengo tendencia, por deformación profesional, a buscar lechugas donde sólo nacen coles.
-Lo del pienso no se preocupe. Anótelo por alguna parte y a la vuelta se lo pagaré.
-Tranquilo, disfrute del viaje.
-Ah, por cierto -añadí- llegamos el sábado, que el lunes tenemos que volver a trabajar
-¿El sábado? -respondió- Perfecto. Pues ya hablamos cuando llegue. Adiós.
Lo del anuncio de la llegada lo hice con doble finalidad: por un lado, avisar a Elena de que estuviese tranquila, que se acababa su cometido como niñera de un gato y un gatopótamo; por otro, carcomido por alguna extraña inquietud interior, para darle la oportunidad de corregir, reparar y lustrar cualquier cosa que hubiese podido dejar a medias, bien por haberse relajado en la limpieza (cuando el gato no está, bailan los ratones), bien por no haberle dedicado el tiempo suficiente... En fin, que me djie a mí mismo: Ojos que no ven, corazón que no siente; con llegar a casa el sábado y encontrar todo en su sitio, según lo convenido, me doy con un canto en los dientes; me da igual lo que haya hecho el resto del mes.
Cuando nos despedimos, no era consciente yo de qué manera acababa de predicar en el desierto a través de las ondas telefónica
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