Capítulo III. La Ley de Murphy
La Ley de Murphy dice que todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Un clarividente, el tal Murphy.
El descanso navarro tocó fin y de nuevo, lo mismo que habíamos llegado, partimos con la casa a cuestas dispuestos a capear con moral los 758 kilómetros exactos que separan Pamplona de Cacheiras. Fue un viaje tranquilo, sin apenas tráfico, sin incidencias y que completamos en cómodos turnos de dos horas al volante. Por fin, a eso de las seis y media de la tarde, divisamos el cartel que marcaba la meta del día y de las vacaciones: "Concello de Teo. Conduzan Amodiño. Graciñas".
Me salto los detalles sobre la maniobra de estacionado de la caravana y su posterior descarga, tarea engorrosa donde las haya. Por fin había llegado la hora, después de un mes, de volverles a ver las caras a esos dos hijos peludos. No sé si sabéis que los gatos tienen reacciones e incluso cuadros psicológicos muy semejantes a los humanos; te guardan rencor, necesitan mimos, se enfadan, necesitan estar solos...
Al abrir la puerta de casa, tanto Flor como Carmiña salieron pitando a recibirnos. No llegan a la efusividad de la Negri, una perra que tuvieron mis padres y que se meaba de contenta cada vez que volvíamos de alguna parte, pero quedó claro que se alegraban mucho.
A nosotros, la felicidad de la vuelta nos duró lo justo. Porque enseguida nos dimos cuenta de que la casa en la que acabábamos de aterrizar, mi casa, estaba muy lejos de ser aquel lugar impoluto con el que tanto había fantaseado, lustroso, aseado, con brillo y sin polvo, perfumado por una tenue brisa de lejía.
Los pelos volaban por toda la casa. Los gatos arrastraban entre sus ocho patas un desagradable combinado de polvo, pelos, mierda y granos de arena absorvente. Lejos de oler a lejía, un tortazo a abandono nos devolvió a la realidad de repente e hizo que nos olvidásemos al momento de las ruinas de Roma, de los olivos del Lago di Garda y de los aviones que despegaban sólo una semana antes desde el aeropuerto internacional Marco Polo de Venecia.
Preocupados por la escena, dejamos las maletas en la puerta y procedimos a realizar la inspección ocular que antecede a todo proceso policial, procurando no tocar nada y, sobre todo, no borrar las huellas de un delito que se hacía evidente.
Un desastre; la funda nórdica de la cama apareció completamente arrugada, cubierta por una espesa niebla de pelos de gato: un mes de pelo acumulado sobre el tálamo, lo que hacía de mi cama la madriguera de un oso en la que, si acaso, hibernar; la cocina era terrible: pelo, polvo, más pelo y más polvo por todas partes, varias capas de pelo, tanto pelo que incluso pude escribir con el dedo sobre la opaca placa vitrocerámica la palabra: "Mierda".
La manta que cubre el sofá era un gurruño: todo descolocado, polvo, pelo, más polvo, más pelo...
Según iba comprobando la situación lamentable en la que se encontraba mi casa y dándome cuenta del estado de abandono en el que habían vivido durante un mes Flor y Carmiña, la mala hostia se me fue subiendo a la cabeza como un vaso de tubo de licor café. Se me dilató alguna vena en la cabeza y me empezó a latir la sien izquierda. Y exploté. Cansado del viaje y decepcionado por el regreso, empecé a maldecir en alto.
La arena de los gatos, espesa y contaminada, reflejaba claramente que el compromiso de limpieza, un día sí, un día no, había sido simplemente un engaño. No os podéis ni imaginar el pelo y la suciedad que generan dos gatos en plena muda durante un mes; ni yo mismo lo sabía.
-¿Cómo vamos a pagar doscientos euros por esto? ¡Es una estafa! Me cago en...
-Ni de broma, esto no se paga
-Ya, pero ahora habrá que enfrentarse a Elena, y es lo último que me esperaba después de un mes de vacaciones.
-Pues esto no puede ser, de ninguna manera; nos han tomado el pelo.
Sólo nos salían expresiones que llevasen incurstada la palabra "pelo". Tomadura de pelo, ¡porque yo o tengo pelos en la lengua! Es que esta negociación fue un asunto cogido por los pelos... No, no, yo no tengo un pelo de tonto... ¿Hay pelos? ¡No hay pelas!
El nivel de cabreo creció tanto que el resto del día fue un desastre. Grité, maldije, exploté y no tuve más remedio que dedicar las primeras horas de la vuelta a tratar de descubrir mi casa debajo de un interminable manto de mierda. A pelo. Tanto se me subió la mala hostia que acabamos discutiendo, aunque tuvimos la suficiente cordura para tomar aire, contar hasta diez y no permitir que el accidentado regreso echase por tierra un mes maravilloso.
Salió entonces el detective que llevo dentro. Mientras arrancaba pelos de todas partes, se me ocurrió abrir la aspiradora. Efectivamente, la bolsa, limpia e impoluta como la había dejado. Sobre la mesa habían quedado todo tipo de productos de limpieza a la vista, bayetas, sprays, lejías... de todo. Tal cual los habíamos comprado, tal cual estaban.
"¿Pero qué cojones ha hecho esta mujer durante un mes? -me preguntaba- ¡Si la llamé hace unos días y me dijo que todo estaba perfecto!
Limpiamos lo más gordo y dedicidimos tomar el aire cenando con unos amigos, que fueron los primeros en enterarse de lo ocurrido. "No le paguéis, de ninguna manera", insistieron. Os han tomado el pelo.
Según se me fue desinflando la vena, asumí que tendría que llamar a Elena, pedirle explicaciones y, según lo acordado, negarme a pagar doscientos euros por no haber hecho nada. O casi nada, porque daba la impresión de que los gatos no habían pasado hambre. Pero por la montaña de comida que había cuando llegamos, me hice cargo perfectamente de que las visitas prometidas, un día sí, un día no, no habían pasado, como mucho, de dos a la semana.
Pasó el día, pero no la romería. El domingo por la mañana lo dedicamos, como no estaba previsto, a reparar el daño, a pasar el paño y a fregar el baño. Me levanté a las ocho de la mañana y, hasta las doce, nos esforzamos en limparlo todo, incluidos los gatos que esparcían por toda la casa la suciedad que se enredaba en sus patas. Menudo trabajo. Un calor de mil pares, el cansancio de un mes de viaje y ahora esto. No hay derecho.
La labor frenética ayudó a que se me bajasen los humos, pero a ella le ocurrió lo contrario. Me insistió en que nada de pagar 200 euros, y que en mi mano estaba negociar el pago lo mismo que había negociado el trabajo. Ahora ya no sólo teníamos un problema doméstico, sino una crisis en toda regla.
Por fin, tragué saliva y llamé a Elena por teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos... Nadie cogió. Era un teléfono móvil, tendría que contestar alguien. Un tono, dos tonos, tres tonos... nada.
La mente policial volvió a trabajar: "Ya. Lo que pasa es que esta tía tenía pensado venir a limpira el último día, ayer y, por alguna razón, no pudo. Sabe que nos hemos encontrado la casa hecha una mierda y no coge porque necesita tiempo para inventarse una excusa". O lo que es peor: "Esta tía se ha visto el pastel, ha decidido subcontratar la faena y la han vendido. Sabe Dios quién ha estado en mi casa y quién tiene mis llaves. ¿Habrán fornicado sobre mi cama? No creo, con tantos pelos... claro que hay gente para todo..." Sólo Flor y Carmiña podrían contar qué ocurrió realmente, pero lo malo es que, precisamente, como decimos en Galicia, "só lles falta falar".
Creo que no iba muy desencaminado.
Con mucho esfuerzo, dejamos la casa habitable y nos marchamos a Vigo, a celebrar mis 34 años con la familia y a beber para olvidar. Ya os podéis imaginar que el desastre doméstico ocupó buena parte de la tertulia. "No le pagues, no le pagues", me repetían todos.
Volvimos a Cacheiras a buena hora, para continuar limpiando hasta que cayó la noche. De verdad, no os hacéis una idea de la mierda que puede acumular una casa con dos gatos en plena muda durante un mes.
Rendidos, nos acostamos, preparándonos para la vuelta al trabajo del día siguiente.
Pasaban de las doce de la noche cuando sonó el teléfono:
-¿Nacho? Soy Elena.
-¡Elena! por fin, menudas horas.
-Tengo una llamada perdida tuya
-Evidentemente, ya se imaginará por qué.
-¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿No esán bien los gatos?
"Menudo cinismo", me dije. Aún por encima, con cachondeo.
-¿Pero cómo bien, Elena? La casa está hecha un desastre, todo sucio, lleno de pelos, llevamos dos días limpiando, por favor, ¿no se da cuenta?
-¿Sucia? Es que a mí nadie me dijo que tenía que limpiar.
-¡¡¡¡¿¿¿Quééééé??!!!!! ¿¿¿Qué me está diciendo????
-Tú me dijiste que me ocupara de los gatos
-¡Pero vamos a ver! ¡Qué me está diciendo! Usted está de broma... Yo llamé a una señora de la limpieza que tenía que ocuparse, a mayores, de los gatos. Por eso los siete euros por hora que cobra por limpiar los cerramos en doscientos euros por todo el mes. ¿O me toma el pelo?
Me fui alterando cada vez más.
"No te alteres, no te alteres. Tú no me dijiste nada de limpiar", insistió.
No me lo podía creer. Aunque me había levantado de la cama para seguir hablando en el salón y no despertar a quien tenía que levantarse a las cinco, los esfuerzos fueron inútiles. Y la conversación se convirtió en una durísima discusión a tres bandas; Elena y yo al teléfono, ella por detrás, gritando amenazas del tipo: "Pásamela a mí, que se va a enterar" "¡No va a cobrar nada!"
Vaya por delante que, durante la tarde, habíamos decidido que si la inevitable conversación con Elena se ponía difícil, haríamos la escena del poli bueno, poli malo. Y así fue.
-Elena, ya está oyendo cómo está el tema.
-¡Pásamela a mí, que se va a enterar! ¡No hay derecho!
-Ya oye, Elena, yo no quiero asustarla, pero la cosa aquí está que arde...
-Bueno, bueno, a mí nadie me dijo nada de limpiar.
-¡Por favor, no insista! ¡Esto no es lo que habíamos hablado!
-¡Pásamela a mí, que ya está bien, hombre, qué tomadura de pelo es esta!
-Mire, Elena, aquí detrás dicen de no pagarle un duro. Usted no ha cumplido, nos ha arruinado la vuelta de vacaciones, nos hemos pasado dos días limpiando y, además, tenemos una discusión doméstica de mil pares.
-Pues... pues.... no sé...
Se puso realmente nerviosa y se quedó sin palabras. Nos habíamos asegurado de que escuchase bien la bronca, y ¡coño si la escuchó!
-Mejor... mejor... hablamos con más calma otro día
-Será mejor, Elena. Yo no creo que no tengamos que pagarle nada (poli bueno), pero tendrá que entender que esto no es lo que esperábamos...
-Ya... bueno... hablamos mañana. No discutan por mi culpa.
Colgamos y así se quedó el asunto. Tanto nos habíamos metido en el papel que, ya sin teléfono, matuvimos hasta las tantas la discusión y los argumentos que habíamos manejado en la bronca telefónica. Por fin, liberados de la tensión, pudimos dormir. (Continúa al último capítulo: el desenlace final)
El descanso navarro tocó fin y de nuevo, lo mismo que habíamos llegado, partimos con la casa a cuestas dispuestos a capear con moral los 758 kilómetros exactos que separan Pamplona de Cacheiras. Fue un viaje tranquilo, sin apenas tráfico, sin incidencias y que completamos en cómodos turnos de dos horas al volante. Por fin, a eso de las seis y media de la tarde, divisamos el cartel que marcaba la meta del día y de las vacaciones: "Concello de Teo. Conduzan Amodiño. Graciñas".
Me salto los detalles sobre la maniobra de estacionado de la caravana y su posterior descarga, tarea engorrosa donde las haya. Por fin había llegado la hora, después de un mes, de volverles a ver las caras a esos dos hijos peludos. No sé si sabéis que los gatos tienen reacciones e incluso cuadros psicológicos muy semejantes a los humanos; te guardan rencor, necesitan mimos, se enfadan, necesitan estar solos...
Al abrir la puerta de casa, tanto Flor como Carmiña salieron pitando a recibirnos. No llegan a la efusividad de la Negri, una perra que tuvieron mis padres y que se meaba de contenta cada vez que volvíamos de alguna parte, pero quedó claro que se alegraban mucho.
A nosotros, la felicidad de la vuelta nos duró lo justo. Porque enseguida nos dimos cuenta de que la casa en la que acabábamos de aterrizar, mi casa, estaba muy lejos de ser aquel lugar impoluto con el que tanto había fantaseado, lustroso, aseado, con brillo y sin polvo, perfumado por una tenue brisa de lejía.
Los pelos volaban por toda la casa. Los gatos arrastraban entre sus ocho patas un desagradable combinado de polvo, pelos, mierda y granos de arena absorvente. Lejos de oler a lejía, un tortazo a abandono nos devolvió a la realidad de repente e hizo que nos olvidásemos al momento de las ruinas de Roma, de los olivos del Lago di Garda y de los aviones que despegaban sólo una semana antes desde el aeropuerto internacional Marco Polo de Venecia.
Preocupados por la escena, dejamos las maletas en la puerta y procedimos a realizar la inspección ocular que antecede a todo proceso policial, procurando no tocar nada y, sobre todo, no borrar las huellas de un delito que se hacía evidente.
Un desastre; la funda nórdica de la cama apareció completamente arrugada, cubierta por una espesa niebla de pelos de gato: un mes de pelo acumulado sobre el tálamo, lo que hacía de mi cama la madriguera de un oso en la que, si acaso, hibernar; la cocina era terrible: pelo, polvo, más pelo y más polvo por todas partes, varias capas de pelo, tanto pelo que incluso pude escribir con el dedo sobre la opaca placa vitrocerámica la palabra: "Mierda".
La manta que cubre el sofá era un gurruño: todo descolocado, polvo, pelo, más polvo, más pelo...
Según iba comprobando la situación lamentable en la que se encontraba mi casa y dándome cuenta del estado de abandono en el que habían vivido durante un mes Flor y Carmiña, la mala hostia se me fue subiendo a la cabeza como un vaso de tubo de licor café. Se me dilató alguna vena en la cabeza y me empezó a latir la sien izquierda. Y exploté. Cansado del viaje y decepcionado por el regreso, empecé a maldecir en alto.
La arena de los gatos, espesa y contaminada, reflejaba claramente que el compromiso de limpieza, un día sí, un día no, había sido simplemente un engaño. No os podéis ni imaginar el pelo y la suciedad que generan dos gatos en plena muda durante un mes; ni yo mismo lo sabía.
-¿Cómo vamos a pagar doscientos euros por esto? ¡Es una estafa! Me cago en...
-Ni de broma, esto no se paga
-Ya, pero ahora habrá que enfrentarse a Elena, y es lo último que me esperaba después de un mes de vacaciones.
-Pues esto no puede ser, de ninguna manera; nos han tomado el pelo.
Sólo nos salían expresiones que llevasen incurstada la palabra "pelo". Tomadura de pelo, ¡porque yo o tengo pelos en la lengua! Es que esta negociación fue un asunto cogido por los pelos... No, no, yo no tengo un pelo de tonto... ¿Hay pelos? ¡No hay pelas!
El nivel de cabreo creció tanto que el resto del día fue un desastre. Grité, maldije, exploté y no tuve más remedio que dedicar las primeras horas de la vuelta a tratar de descubrir mi casa debajo de un interminable manto de mierda. A pelo. Tanto se me subió la mala hostia que acabamos discutiendo, aunque tuvimos la suficiente cordura para tomar aire, contar hasta diez y no permitir que el accidentado regreso echase por tierra un mes maravilloso.
Salió entonces el detective que llevo dentro. Mientras arrancaba pelos de todas partes, se me ocurrió abrir la aspiradora. Efectivamente, la bolsa, limpia e impoluta como la había dejado. Sobre la mesa habían quedado todo tipo de productos de limpieza a la vista, bayetas, sprays, lejías... de todo. Tal cual los habíamos comprado, tal cual estaban.
"¿Pero qué cojones ha hecho esta mujer durante un mes? -me preguntaba- ¡Si la llamé hace unos días y me dijo que todo estaba perfecto!
Limpiamos lo más gordo y dedicidimos tomar el aire cenando con unos amigos, que fueron los primeros en enterarse de lo ocurrido. "No le paguéis, de ninguna manera", insistieron. Os han tomado el pelo.
Según se me fue desinflando la vena, asumí que tendría que llamar a Elena, pedirle explicaciones y, según lo acordado, negarme a pagar doscientos euros por no haber hecho nada. O casi nada, porque daba la impresión de que los gatos no habían pasado hambre. Pero por la montaña de comida que había cuando llegamos, me hice cargo perfectamente de que las visitas prometidas, un día sí, un día no, no habían pasado, como mucho, de dos a la semana.
Pasó el día, pero no la romería. El domingo por la mañana lo dedicamos, como no estaba previsto, a reparar el daño, a pasar el paño y a fregar el baño. Me levanté a las ocho de la mañana y, hasta las doce, nos esforzamos en limparlo todo, incluidos los gatos que esparcían por toda la casa la suciedad que se enredaba en sus patas. Menudo trabajo. Un calor de mil pares, el cansancio de un mes de viaje y ahora esto. No hay derecho.
La labor frenética ayudó a que se me bajasen los humos, pero a ella le ocurrió lo contrario. Me insistió en que nada de pagar 200 euros, y que en mi mano estaba negociar el pago lo mismo que había negociado el trabajo. Ahora ya no sólo teníamos un problema doméstico, sino una crisis en toda regla.
Por fin, tragué saliva y llamé a Elena por teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos... Nadie cogió. Era un teléfono móvil, tendría que contestar alguien. Un tono, dos tonos, tres tonos... nada.
La mente policial volvió a trabajar: "Ya. Lo que pasa es que esta tía tenía pensado venir a limpira el último día, ayer y, por alguna razón, no pudo. Sabe que nos hemos encontrado la casa hecha una mierda y no coge porque necesita tiempo para inventarse una excusa". O lo que es peor: "Esta tía se ha visto el pastel, ha decidido subcontratar la faena y la han vendido. Sabe Dios quién ha estado en mi casa y quién tiene mis llaves. ¿Habrán fornicado sobre mi cama? No creo, con tantos pelos... claro que hay gente para todo..." Sólo Flor y Carmiña podrían contar qué ocurrió realmente, pero lo malo es que, precisamente, como decimos en Galicia, "só lles falta falar".
Creo que no iba muy desencaminado.
Con mucho esfuerzo, dejamos la casa habitable y nos marchamos a Vigo, a celebrar mis 34 años con la familia y a beber para olvidar. Ya os podéis imaginar que el desastre doméstico ocupó buena parte de la tertulia. "No le pagues, no le pagues", me repetían todos.
Volvimos a Cacheiras a buena hora, para continuar limpiando hasta que cayó la noche. De verdad, no os hacéis una idea de la mierda que puede acumular una casa con dos gatos en plena muda durante un mes.
Rendidos, nos acostamos, preparándonos para la vuelta al trabajo del día siguiente.
Pasaban de las doce de la noche cuando sonó el teléfono:
-¿Nacho? Soy Elena.
-¡Elena! por fin, menudas horas.
-Tengo una llamada perdida tuya
-Evidentemente, ya se imaginará por qué.
-¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿No esán bien los gatos?
"Menudo cinismo", me dije. Aún por encima, con cachondeo.
-¿Pero cómo bien, Elena? La casa está hecha un desastre, todo sucio, lleno de pelos, llevamos dos días limpiando, por favor, ¿no se da cuenta?
-¿Sucia? Es que a mí nadie me dijo que tenía que limpiar.
-¡¡¡¡¿¿¿Quééééé??!!!!! ¿¿¿Qué me está diciendo????
-Tú me dijiste que me ocupara de los gatos
-¡Pero vamos a ver! ¡Qué me está diciendo! Usted está de broma... Yo llamé a una señora de la limpieza que tenía que ocuparse, a mayores, de los gatos. Por eso los siete euros por hora que cobra por limpiar los cerramos en doscientos euros por todo el mes. ¿O me toma el pelo?
Me fui alterando cada vez más.
"No te alteres, no te alteres. Tú no me dijiste nada de limpiar", insistió.
No me lo podía creer. Aunque me había levantado de la cama para seguir hablando en el salón y no despertar a quien tenía que levantarse a las cinco, los esfuerzos fueron inútiles. Y la conversación se convirtió en una durísima discusión a tres bandas; Elena y yo al teléfono, ella por detrás, gritando amenazas del tipo: "Pásamela a mí, que se va a enterar" "¡No va a cobrar nada!"
Vaya por delante que, durante la tarde, habíamos decidido que si la inevitable conversación con Elena se ponía difícil, haríamos la escena del poli bueno, poli malo. Y así fue.
-Elena, ya está oyendo cómo está el tema.
-¡Pásamela a mí, que se va a enterar! ¡No hay derecho!
-Ya oye, Elena, yo no quiero asustarla, pero la cosa aquí está que arde...
-Bueno, bueno, a mí nadie me dijo nada de limpiar.
-¡Por favor, no insista! ¡Esto no es lo que habíamos hablado!
-¡Pásamela a mí, que ya está bien, hombre, qué tomadura de pelo es esta!
-Mire, Elena, aquí detrás dicen de no pagarle un duro. Usted no ha cumplido, nos ha arruinado la vuelta de vacaciones, nos hemos pasado dos días limpiando y, además, tenemos una discusión doméstica de mil pares.
-Pues... pues.... no sé...
Se puso realmente nerviosa y se quedó sin palabras. Nos habíamos asegurado de que escuchase bien la bronca, y ¡coño si la escuchó!
-Mejor... mejor... hablamos con más calma otro día
-Será mejor, Elena. Yo no creo que no tengamos que pagarle nada (poli bueno), pero tendrá que entender que esto no es lo que esperábamos...
-Ya... bueno... hablamos mañana. No discutan por mi culpa.
Colgamos y así se quedó el asunto. Tanto nos habíamos metido en el papel que, ya sin teléfono, matuvimos hasta las tantas la discusión y los argumentos que habíamos manejado en la bronca telefónica. Por fin, liberados de la tensión, pudimos dormir. (Continúa al último capítulo: el desenlace final)
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